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lunes, 10 de junio de 2019

¿SEMINARIOS? NO, GRACIAS.

Hace muchos años que yo sostengo y enseño, guste o no guste a mucha gente, que los seminarios no forman parte del plan ‘revelado’ de Dios para formar a los creyentes ni para vivir la fe, ni para el ministerio. No tengo la pretensión de que Dios me revelase a mí esa ‘novedad’, porque no es tal, sino porque a través de los escritores inspirados del Nuevo Testamento encontramos bien claro, y sin lugar a equívocos, cuál era Su plan en este campo.

               Basta por una parte con leer los siguientes textos: Evangelio de Juan. 14:26; 15:26; 16:13, 14; 1Corintios 2:10-16; Ef. 1:17; Santiago. 1:4-7; 1ª epístola de Juan. 2:26,27. Y si no te parece suficiente o no quedas conforme, prueba a encontrar en el Nuevo Testamento aquellos otros textos o citas en los que se sugiera y apoye el mandato o la recomendación de crear seminarios o escuelas de teología, y en los que se estimule a los cristianos para buscar o crear escuelas o seminarios donde formarse, y crecer en el conocimiento de la doctrina, las verdades y los valores cristianos, encontrando la capacitación para el desempeño de sus ministerios.

Jesús anunció que la iniciativa de la enseñanza necesaria para asentar la fe, el crecimiento en gracia y conocimiento, no estaba olvidada en el plan predeterminado por Dios. Sus discípulos, y los que creyesen en él por la palabra de estos (Jn. 17:20), no quedarían abandonados y sin más recursos que los que él les había proporcionado hasta ese momento. Cuando él no estuviera vendría el Espíritu Santo, para tomar el relevo y enseñarles y guiarles a toda la verdad. El Espíritu también levantaría a hermanos en las iglesias dotados de dones para pastorear, evangelizar y enseñar al resto del rebaño (Hch. 13:1; Ef. 4:11; 1Cor. 11:28). El Espíritu en su papel y autoridad de la iglesia dirige las operaciones de designación y formación distribuyendo sus dones en función de las necesidades espirituales de la grey. Y el recurso al Maestro de Verdad está recomendado para que los creyentes puedan directamente acudir para evitar ser engañados por falsas doctrinas o herejías destructoras, o cuando las iglesias están en peligro porque se hayan introducido en ellas a sus falsos maestros o profetas, (1Jn2:26-27)  

               Si lo pensamos bien, no podría ser de otra manera, porque a diferencia de lo que los hombres llegamos a poder hacer, incluso con las mejores intenciones, no estaría a nuestro alcance, ni por conocimientos ni por medios, el llegar a todos los creyentes para proporcionarles una enseñanza gratuita, adecuada a cada edad biológica, madurez espiritual, sexo, circunstancias y condición social. Y además que estuviera abierta en todas las partes del mundo y en todos los horarios que los ‘alumnos/discípulos’ pudieran disponer. Y que las clases se impartiesen de forma personalizada a cada uno que en ella se inscribe, según sus capacidades, dones y al plan de ministerio en el que Dios quiere que le sirva.

               Los seminarios, que son las instituciones de enseñanza bíblica más extendidas actualmente en todos los sectores que se llaman cristianos por el mundo, tuvieron su origen en el seno de la iglesia católica romana casi cuatro siglos después de la muerte de los apóstoles. Fueron copiadas de las escuelas de la filosofía clásica pagana, fundamentalmente helenísticas, que surgieron a partir del siglo VI a.C., y que pasaron a otras culturas tras el influjo de la extensión helénica. Así por ejemplo, el judaísmo bajo el período helenista-romano, dividido en sectas como los saduceos o los asideos, que devinieron en fariseos y esenios, desarrollaron las sinagogas como lugares de reunión y culto, y en paralelo las escuelas rabínicas que formarían a los líderes de las clases dominantes en la teología y en los preceptos, de acuerdo con las ideas de cada una de las sectas a las que pertenecen, para llegar a ser doctores en la ley.  
 
               El primer seminario cristiano, cuya existencia histórica oficial se ha podido atestiguar, fue establecido por Agustín de Hipona (354-430 d.C.), en un momento en el que el paganismo ya había desembocado en la Iglesia, y un gran número de herejías habían sido aceptadas como dogmas dentro de la doctrina cristiana. Hacía falta entonces que tales herejías, obviamente extrabíblicas, se enseñasen de forma sistemática a las nuevas generaciones de servidores de la grey (sacerdotes, teólogos y monjes) para lograr su universalización.

               El poder de los seminarios aumentó en la Edad Media con la creación de las universidades, allí donde la iglesia católica dominaba, la teología era una de sus principales asignaturas y el corazón de las asignaturas de humanidades. Con los ‘peligros’ de la Reforma para los intereses de la iglesia católico-romana, el Concilio de Trento aprobó potenciar los seminarios para formar a personas doctas que se opusieran a lo que ellos llamaban los ‘errores’ de la Reforma, y mantuvieran al pueblo en la doctrina católica. La reacción en los siglos siguientes, y en muchos lugares donde la Reforma había triunfado, fue hacer lo mismo que los católicos para el propósito contrario, asentando las ideas diferenciales de las distintas corrientes, denominaciones y sectas.

               Pero sustituir al Espíritu Santo por organizaciones humanas (incluso en los casos que puedan ser tan sanas como sea posible; y aunque hayan sido establecidas con la mejor intención por creyentes fieles y de testimonio, y puedan atestiguar buenos resultados), es promover una alternativa al plan de Dios. Y tanto los que imparten la enseñanza con el propósito ‘de preparar a líderes para el servicio y maestros de doctrina’, como los que acuden a los seminarios para adquirirla, debieran meditar delante de Dios sobre esta implicación.
               Cada denominación u organización, intenta asentar mediante seminarios la enseñanza de la teología distintiva de su denominación frente a las otras. Esto responde muy bien a la idea expresada por San Pablo cuando escribía a la iglesia de los filipenses sobre la diferencia entre la forma de actuar de una mayoría de los cristianos ya entonces, y la excepcional de Timoteo (Filipenses 2:21 "Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús."). La búsqueda de los intereses del reino de Dios entra a menudo en conflicto con “lo suyo propio”. Y mantenerse en los intereses del reino significa en muchas ocasiones ir contra la corriente, e incluso acarrearse enemistades o conflictos. Le sucedía ya al apóstol Pablo, como leemos en Gálatas 4:16 ¿Me he hecho, pues, vuestro enemigo, por deciros la verdad?
               La realidad actual es que mientras que la escuela del Espíritu se encuentra casi vacía, infrautilizada y sus beneficios desaprovechados, muchas personas hacen enormes esfuerzos de todo tipo para ir a seminarios a “prepararse para servir”, y allí reciben un sucedáneo de enseñanza espiritual, consistente en conceptos variados, ciencias, historia, filosofías, teologías, lingüística, controversias, bibliografía y técnicas. Muchas de tales enseñanzas son las que Santiago denomina "sabiduría terrenal, animal, diabólica (Santiago 3:15). O sea, todos los recursos a los que acudir excepto el que marcan inequívocamente las Sagradas Escrituras, que es la "sabiduría de lo alto": que es pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía (Santiago 3:17).  Cuando el Espíritu Santo dirige y enseña, los resultados son evidentes como en Hechos. 9:31. Cuando ponemos alternativas, como es lo normal en nuestro tiempo, el resultado es que las iglesias se empobrecen cada día más en la doctrina, en el conocimiento profundo de la Palabra de Dios, en fortaleza, en fe, en testimonio, pero florecen las danzas, arte dramático, dinámicas de grupos y animación, entretenimiento, técnicas de autoayuda, de oratoria y declamación, etc. 

               ¿Y cómo enseña el Espíritu Santo? Pues teniendo todos los recursos como Dios que es, que nosotros ni siquiera podemos llegar a imaginar. Conociéndonos más íntimamente de lo que nos conocemos nosotros a nosotros mismos. En ocasiones habla a nuestro espíritu (Romanos 8:16). En otras, conociendo nuestras necesidades nos envía a personas adecuadas para ayudarnos puntualmente (Hechos. 8:29). En otras, somos nosotros los conducidos a los lugares o personas que pueden satisfacer lo que necesitamos o ser nosotros la ayuda providencial a quienes nos necesitan (Hechos. 11:12). Lo que está claro es que será por el Espíritu Santo que tengamos verdadero conocimiento espiritual, o nuestro conocimiento será una colección, probablemente muy lustrosa, pero de conocimiento humano (1Corintios 2:10-14).

          Uno de los principales atractivos de los seminarios es que pueden satisfacer el ansia de conocimientos y respuestas sin necesidad siquiera de tener fe. Mucha gente se impacienta y quiere tener respuestas y llegar a la fe desde el conocimiento, pero ¿qué clase de fe es esa? ¿Qué confianza requiere? En la escala progresiva que el apóstol Pedro nos presenta, antes que el conocimiento vienen la fe y la virtud (2ªPedro 1:5-7: “añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento). O como le dijo Jesús a Marta de Betania, ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?, Juan. 11:40. El ejercicio de la fe, y sus efectos en la virtud preceden a todo lo demás. Enfocarlo como una carrera o un grado permite llegar al ministerio o al servicio sin esperar ni al llamamiento, ni a la madurez en la fe y la virtud que requiere la vía del Espíritu. Así que una vez realizados los cursos los alumnos salen con su diploma bajo el brazo pensando en asumir responsabilidades basadas en habilidades y conocimientos adquiridos por medio de las asignaturas. Y las iglesias buscan personas con currículos y títulos de esa naturaleza, así que unos y otros se complementan en la misma perspectiva.

          Es cierto que las Escrituras dicen que Él mismo Señor, constituyó a maestros” (didaskalos, personas doctas, que reciben del Espíritu Santo un don espiritual que les capacita para la comprensión de temas que para la mayoría son oscuros, y que tienen una gran facilidad para hacer entender las verdades espirituales, Efesios 4:11). Yo creo, obviamente, en la discrecionalidad del Espíritu Santo a la hora de repartir dones (1Corintios 12:4-11). Y por eso creo que el Espíritu se lo otorga a aquel que lo va a recibir para honrarlo y fortalecerlo en su papel, no a quién vaya a usarlo para desviar la atención de los creyentes del papel indelegable del propio Espíritu hacia otras alternativas.

          La aptitud del don de maestro es una gracia destinada a ser útil para los intereses del reino de Dios, y como tal no se basa en su propia inteligencia, ni en las habilidades y conocimientos adquiridos en el mundo académico secular. En ocasiones, el Espíritu puede hacer recaer su sabiduría sobre personas indoctas para el mundo, y en otras puede hacerlo en personas brillantes en ciencias y conocimientos seculares. Unos y otros ratificarán la doctrina del magisterio del Espíritu Santo, y no promoverán instituciones humanas que lo menosprecien, sustituyan o enseñen que es una quimera esperar llegar a ser doctos, y aptos para el servicio, simplemente confiando en la operación personal del Espíritu. El mejor consejo es el de Elí: "Habla, Jehová,  porque tu siervo oye" (1Samuel 3:9-10).

          Y para cualquiera que lea este artículo, este es mi consejo en el que creo de corazón:

Cada creyente/discípulo tiene el mandato de Jesucristo de conocer al menos todas las cosas que él enseñó para ser obedecidas (Mateo 28:20), y ponerlas en práctica en su vida (Juan 12:46-50, Lucas 6:46-49; 2Pedro 1:5; 3:18). Y en la medida de su crecimiento el resto de las Escrituras del Nuevo y del Antiguo Testamento. Esta responsabilidad del conocimiento personal le debe llevar a crecer y compartirlo con otros, empezando por el hogar (2Timoteo 3:15; Proverbios 22:6; Deuteronomio 4:9), y en el ejercicio de sus dones enseñando a otros enriquecer a la iglesia local en su función de columna y baluarte de la verdad (1Timoteo 3:15; Hechos 13:1), usándola sabiamente (2Timoteo 2:15), para el crecimiento y la edificación mutua. 
 
Santiago 1:5-7 Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. 6 Pero pida con fe, no dudando nada;  porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. 7 No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.

Efesios 1:17  que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18 alumbrando los ojos de vuestro entendimiento.

Pablo Blanco
2010

2 comentarios:

  1. Total y absolutamente de acuerdo.... Siempre lo creí así también, y siempre me sentí un bicho raro (o pretendieron hacérmelo sentir) por ello. Abrazos.

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    1. No es nada extraño amigo Esteban CL. Yo diría que es lo corriente.

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